Dulces 16
Roger Federer sigue sumando finales de Grand Slam . Ya son 16. Pero esta final alcanzada por el suizo no es una más, es una muy importante para la batalla que está luchando para recuperar su nivel, pero por sobre todo, su confianza. Y fue importante que el triunfo haya sido frente a Novak Djokovic, el hombre que este año lo derrotó en las semifinales de Australia. No se trata de una simple revancha, sino de vencer en cancha a uno de los jugadores más difíciles del momento.
Roger jugó un gran partido, muy concentrado pero ante todo muy inteligente. Este Federer está aún lejos de aquel inapelable jugador que derrumbaba psicológicamente a sus adversarios por esa superioridad abrumadora que ejercía en la cancha. Pero a diferencia del Federer post Roland Garros, que venía sin confianza pero aún así pretendía jugar como si la tuviera, y por esta razón cometía demasiados errores no forzados, ahora el suizo juega incorporando esta realidad. Acostumbrando a jugar a su antojo, su táctica prácticamente no se modificaba respecto al hombre que tenía en frente, su omnipotencia no se lo demandaba. La frustración manifiesta en sus apáticas derrotas eran el síntoma de que ya no era capaz de ser el único que dictaba el rumbo de los partidos, y esto lo llevó a derrotas absurdas para su nivel real de tenis.
En este encuentro frente al hombre de las 16 lesiones (Nole imita, Roddick pone apodos), Federer lo jugó con otra cabeza. Más conservador, esperando su momento para atacar, si apostaba a un tiro ganador y no salía, ya no volvía a tirar vehementemente, sino que esperaba su momento como lo haría un jugador de black jack que sabe cuando viene su racha ganadora y cuando debe detenerse porque sabe que está en una mala. Esto es una novedad para el suizo, no debe ser lo que más le gusta, y seguramente no está sintiendo la misma satisfacción durante el juego que sentía cuando todo era hermoso. Pero el rostro de felicidad que ostentaba luego del encuentro, evidencia que es consciente de que está yendo en muy buen rumbo. Ahora sólo le falta coronar esto con su quinto título consecutivo del U.S. OPEN.
¿Quién será el otro finalista? Andy Murray se estaba haciendo un festín en la Louis Armstrong Stadium cuando la lluvia les dijo basta. Fiel a su juego variado e inteligente, llevó a Nadal a terreno y le negó cualquier posibilidad de encender al español con esos rally que tanto le gustan. El escocés le cortaba el ritmo y para luego con precisión acabar el punto con un winner. Rafa, que hasta aquí no había tenido ningún rival digno de su momento, se encontró desorientado, no lograba imponer su juego mientras le suplicaba a Thor, dios del trueno, que descargue su furia para ver si pausa mediante lograba bajarle el ritmo a Murray. Afortunadamente para él, no sólo llegó la lluvia, sino que minutos antes, logró quebrarle el saque para así tomarse el respiro con ventaja mediante en el tercer set.
No hace falta decirlo, al último que hay que dar por vencido es a Rafael Nadal, porque lo que deberemos esperar a mañana para saber quién de estos dos jugadores deberá enfrentar a Roger Federer en la final que se jugará el día lunes. A ver qué resulta…
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